INFÓRMATE DE TODO, ¡ES GRATIS!

frases 30 años

Cuando mi madre me pregunta cuándo pienso comprarme un piso, me río. No es una risa amarga, ni siquiera melancólica, porque te confesaré algo, podría hacerlo mejor.

Vivir en un barrio universitario te da mucha perspectiva. Por una parte porque todos los jovenzuelos de piel tersa que beben cervezas con un aguante exquisito, me recuerdan que no puedo seguir afirmando que hace unos años dejé la universidad. Ya no son unos años, son casi diez años, y mi aguante cervecero ha bajado mucho, y no sé cómo pero ayer entré en el Corte Inglés buscando un crema con ácido de no sé qué, que es muy buena para las arrugas.

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Vivir en un barrio universitario también me ha aportado más cosas. Y es que, aunque quejarse sea el mejor placer mundano, quizás deba morderme la lengua cuando me queje de que no hay forma de ahorrar, si es que vivo sola en el centro de Madrid. Y aquí debo mencionar que, si seguía compartiendo piso, cosa que he hecho desde los 18, me convertiría en un ser humano desvergonzado y peligroso, como los jubilados cuando localizan un puesto que da algo gratis.

Podríamos hacerlo mejor, lo he comentado con mis amigas y yo creo que están de acuerdo. Algunas prefieren no participar porque sus sueldos ni siquiera les permiten vivir solas, así que entiendo que callen y nos odien en silencio, porque es una putada. Yo también lo haría. 

Podríamos no salir a beber cañas, ni viajar, ni pedirnos otra copa, ni comprarnos una crema con ácido de no sé qué para sentirnos más jóvenes, o al menos, para sentir que hacemos algo al respecto.

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Podríamos no hacer nada de eso, y quedarnos en casa, y ahorrar. Pero, yo se lo digo a mi madre, y ella me entiende, que si yo hago eso, me mustio. Que si no me aferro a los pequeños momentos consumistas, como tomar un brunch precioso, o pedirme un bocadillo de calamares in Plaza Mayor y que la mayonesa me chorree por la cara, a mí me quitas las ganas de vivir. Y de trabajar diez horas al día, y de comerme tres transbordos en el metro, y de hacerme la comida para el día siguiente a las once de la noche porque la vida no me da para más.

Cuando mi madre me pregunta cuándo pienso comprarme un piso, me río. Porque lo más valioso que tengo es mi smart TV, y voy a pedirme un chino a casa mientras aprovecho al máximo los doce euros de mi suscripción a Netflix. Podríamos hacerlo mejor, pero, joder, podrían ponérnoslo un pelín más fácil.

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