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texto navidad

Debo confesar que me encanta la Navidad. He pensado que quizás es porque, aunque vaya de moderna, en realidad soy más clásica que comer la oblea del turrón de almendras. Quizás es porque me gustan las reuniones, la algarabía, y pelar las gambas con las manos hasta salpicar a toda la mesa. Tal vez lo que me gusten sean las luces, los regalos, las cenas y, ay, quemar la tarjeta hasta que salgan chispas.

Las señoras de mi pueblo me dicen que estoy hecha toda una señorita. Pocas se atreven a preguntar para cuándo una boda o un bebé, o el pack completo, pero la mayoría calla y me mira con recelo. Van de modernas, pero en realidad son unas clásicas, como yo. Y como quitarse el botón del pantalón en plena cena de Nochebuena.

navidad treinta años

Tuve que contenerme para no poner el árbol de Navidad en noviembre, por eso de que a mí compañía eléctrica todavía no le ha inundado el espíritu navideño, y la luz está muy cara. Por suerte las calles se han convertido en la trampa mortal de cualquier epiléptico, y la decoración navideña campa a sus anchas. En Gran Vía hay una bola gigante con grandes altavoces repitiendo villancicos de David Bisbal. Es bonita, pero ojalá se hubieran arriesgado con los de Leticia Sabater. 

Pero es que somos gente clásica, como las películas de Antena 3 que ahora te cuelan en Netflix por eso de estar en el top 10. Cuando te quieres dar cuenta te estás comiendo la misma historia de los milagros navideños, con nieve súper falsa y gente tocando el piano. Pero te encanta. Esas películas no tienen edad.

A las cenas familiares voy con ropa ancha. Después de estar un año alimentándome con los productos más básicos de cualquier cesta de la compra, llegan las comidas elaboradas con más de tres ingredientes y me emociono. Mi madre niega con la cabeza con disgusto, desde el otro lado de la mesa, pero no me dejo amedrentar. Luego mis tíos me dicen que he engordado, que estoy más guapa, pero que he engordado, y les brindo la mejor de mis sonrisas. Eso sí, luego tienes lechuga entre los dientes y no tienen valor a decírtelo.

En fin, Navidad, Navidad, dulce Navidad, que se nos olviden los peces en el río, y los buenos clásicos españoles.

ramon garcia campanadas

Así es como se disfruta la verdadera Navidad, esperando que nos toque la lotería, quejándonos de los precios del marisco antes de Nochebuena, fingiendo que nos atragantamos con las uvas, diciendo alguna gilipollez con la boca llena de polvorón. Somos clásicos, como Ramón y su capa dando las campanadas, y nos encanta.

Feliz Navidad.

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